Este azul
que es un azul muerto
en el que a pesar de todo
se mueven
los peces.
Este azul
que es un azul muerto
en el que a pesar de todo
se mueven
los peces.
Ha caído la nieve hasta hacer de este día
algo remoto y quieto,
algo casi fingido que aún no hemos tocado.
Y la nieve no oprime; o quizás sí,
quizás está aferrada, como el muérdago,
a una tierra que muere.
El invierno es un río de ondas ciegas,
este invierno que arrastra y purifica,
esta desolación. Brama en tu cuerpo
como un turbio animal que me acaricia
y me destruye. Y tú,
mientras el blanco cielo
nos invade, miras
como a un turbio animal que te acaricia
y te destruye.
Este cielo de piedra, el blanco cieno,
estos pinos que aúllan en el monte
como antiguos jinetes,
esta nieve que cae sobre el rojo
perfil de las colinas,
alguna vez serán
emblemas del invierno,
de la estación umbría
memorias irreales,
recuerdos de los años que vivimos
sin creer en la vida.
Emilio Rosales
De su libro “Tierra adentro”
Con Mario en el hospital y las ideas bien claras, queríamos recurrir a la épica para construir y al absurdo para destruir. Una espiral de prisas en el que nos arrancaron el tiempo y la suplencia provocaron muchas cosas, así que aquí nos tienen. Aparecemos dos veces en el vídeo: la primera, para la Poépica, con La ciudad invisible. La segunda, en El hombre que contó sus barbas, para la vida de un hombre en dos minutos (de la que la mayoría de las veces me arrepiento muy profundamente).
Todo esto fue en casa de Max, que nos trató como a reyes, y también aparecen en este vídeo María Alcantarilla, Martha Ordaz y She Play Drums. Lo mejor, que gran parte de mis amigos estuvo allí.
Es una ciudad. Una ciudad donde no se ven los edificios, ni las carreteras, ni los semáforos, ni los vehículos, ni las azoteas. Nadie allí ve las farolas, los contenedores, los muros, los callejones, porque todo allí es invisible. Porque es una ciudad invisible, donde nada se ve, pero la gente realiza su rutina como si cualquier cosa. El alumbrado allí es un hermoso misterio.
Cuando un viajero llega allí, lo único que ve es una explanada y los hombres, las mujeres y los niños desnudos (porque hasta la ropa es invisible allí) haciendo sus vidas: duchándose, montando en autobús, paseando el perro, haciendo el amor o plantando árboles. Cientos y cientos de personas que la transitan. Una ciudad invisible, de viento. Una ciudad donde lo único que se ve son sus habitantes.
Por aquí estuve, invitado por el tremendo y mágico Martín Lucía. Un ambiente muy extraño, bastante extraño, en el que uno no podía dejar de sentirse fuera de su sitio. Mucha gente interesada en rap y para nada en poesía, y algún tonto que aseguraba que la primera es el futuro de la segunda. Por suerte, bien acompañado por la gente del Baratillo, el Appu, Lola Crespo, etc.
Gracias a Saray por el vídeo.
Cuando uno se encuentra a alguien que ama realmente todo esto y se dispone a contártelo y lo cuenta sin miedo, pero temblándole la voz.
Padre, píntame el mundo en mi cuerpo.
Canto indígena de Dakota del Sur
Hallado en “Espejos”, de Eduardo Galeano

La refugiada

Los amantes

Los hechizados

El hallado
El hombre más sabio que conocí lo conocí en un bar. Subido a un taburete invisible, agitaba los brazos y sentenciaba: que nada estaba perdido, que atendiéramos a lo verdaderamente importante, que qué importaba más en este mundo que el amor. Que el dinero no servía para nada, que no valía de nada si faltaba la salud. Que el dinero sin salud sólo servía para pagar hospitales.
Decía esto manteniendo la distancia, lleno de vehemencia, mirando a los ojos y consciente de su maldición. Luego se fue. El hombre más sabio que conocí.
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