Una lágrima cayó
sobre la tierra,
y rodó en la sepultura,
allí donde el sepulturero,
fiel aliado de la muerte,
la esperaba con su pala.
Y fueron paletadas de tierra
las que escondieron su rastro
dejándolo oculto de la vista
a otros mortales que la vieran,
y sobre su sepulura sembró
una semilla de árbol.
Pasó el tiempo,
¿cuanto tiempo pasó?,
apareciendo un tallo
que con el tiempo
se volvía cada día
mas grueso y fuerte,
extendió ramas
como hijos en su regazo.
De las ramas nacieron hojas,
de las hojas flores,
¡hermosos colores lucían!
que se alimentaban
de nuevas lágrimas,
que deslizaban su cauce
suavemente por ellas
hasta volar libres al suelo,
donde el enterrador
volvía a repetir su entierro.
Luis de Diego.
Podéis leer sus cosas aquí.

De tal palo tal astilla.
No quiero que me entierren, no, por favor.
Díselo a mi padre, lluvia
.