Una vez soñé que era un asesino. No era un sueño violento y ni siquiera recuerdo el golpe, el acto en sí de matar. Creo que eso era lo menos importante. Todo se reducía a tener a la víctima entre mis brazos; a retenerla, inmóvil y expectante, saber que era yo quien le quitaba el aliento. Era un abrazo extraño, insólito, como una colección de uñas. Casi podía verme en los ojos de la víctima y me veía tranquilo, muy tranquilo. No veía a ningún loco. Más que un asesino, parecía alguien que se hacía cargo de la situación, alguien responsable y que no quería dejarlo solo en ese momento. Le susurraba a la oreja. Le decía: “Tranquilo. Ahora es el golpe. Ahora duele, pero tranquilo. Ya se pasa. ¿Lo ves? Ahora todo se vuelve borroso, negro. Cae el telón”.
05
Ago
09

Es brutal. El golpe es lo de menos. La víctima puede ser cualquiera. En este teatro podemos quitar el aliento a quien sea, despojarlo de la vida sin violencia.
Una reflexión fabulosa.
Muchas gracias, Fran. Las cosas que sueña-escribe uno, y luego casi no recueda y se encuentra por sorpresa en algún lugar.
Un abrazo.