
La refugiada

Los amantes

Los hechizados

El hallado

La refugiada

Los amantes

Los hechizados

El hallado
El hombre más sabio que conocí lo conocí en un bar. Subido a un taburete invisible, agitaba los brazos y sentenciaba: que nada estaba perdido, que atendiéramos a lo verdaderamente importante, que qué importaba más en este mundo que el amor. Que el dinero no servía para nada, que no valía de nada si faltaba la salud. Que el dinero sin salud sólo servía para pagar hospitales.
Decía esto manteniendo la distancia, lleno de vehemencia, mirando a los ojos y consciente de su maldición. Luego se fue. El hombre más sabio que conocí.
He soportado
el letargo de la metáfora
hasta orígenes insospechados
como la abeja
que custodia la miel
a pesar del humo
y cosas por el estilo.
Pero quiero hablar claro:
al fin me he dado cuenta
de que la miel no es para mí
como tampoco lo es el humo.
Felipe Bollaín
Corretea por aquí.
La escena es el final de “Underground”, de Emir Kusturica.
Estaba echando un vistazo por el blog de mi compañero de facultad Juan Blanco cuando he visto este vídeo, que precisamente le debemos a los compañeros de Sinfuturo (especialmente a Charlie Torres, que es un crack de la cabeza a las zapatillas). Me he puesto malo viendo esto, sólo he podido pensar “hijos de puta” y en qué diferente sería el mundo el día que todos comprendiéramos a la vez que debemos devolver los golpes. Pero el miedo…
No me deja subirlo, por lo extraño que es WordPress, pero pueden verlo, y lo recomiendo encarecidamente, aquí.
Decidme cómo es un árbol.
Decidme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros.
Habladme del mar. Habladme
del olor ancho del campo.
De las estrellas. Del aire.
Recitadme un horizonte
sin cerradura y sin llaves
como la choza de un pobre.
Decidme cómo es el beso
de una mujer. Dadme el nombre
del amor: no lo recuerdo.
(¿Aún las noches se perfuman
de enamorados con tiemblos
de pasión bajo la luna?
¿O sólo queda esta fosa,
la luz de una cerradura
y la canción de mis losas?)
22 años. Ya olvido
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma… Escribo
a tientas: “El mar”, “El campo…
Digo “Bosque” y he perdido
la geometría del árbol.
Hablo por hablar de asuntos
que los años me borraron.
… … … … … … …
(No puedo seguir: escucho
los pasos del funcionario).
Marcos Ana
Eduardo Galeano
De “El libro de los abrazos”
Maldigo las agujas
del reloj, que no recuerden.
Maldigo la lluvia
que se derrama
por tus ojos de almendra.
Mi padre
Entrego ayer el examen de Introducción a la Realización Audiovisual. La profesora lo coge, mira las preguntas que he dejado en el blanco. Yo estoy tranquilo, creo que lo hice bien, y justo cuando voy a irme me pregunta por qué las he dejado en blanco, si (piensa) las sé seguro. Estoy incómodo, le digo que prefiero no arriesgarme a que me baje nota.
La profesora pide a los demás compañeros que vayan entregando y una muchacha lo deja sobre la mesa para luego pedirle por favor que la apruebe. “Evangelina, por favor, apruébame, eres mi esperanza”. Pero no se queda contenta, porque coge una tiza y escribe en la pizarra: Evangelina, ayúdame a aprobar. La profesora tiene razón al decirle que es una actitud muy infantil. Justo entonces recuerdo que ya coincidí con esta chica en la revisión del examen de Historia de la Comunicación Social y también hizo algo parecido. Recojo y me voy antes de hundirme más o decirle cualquier cosa.
Como para confiar en mi generación. Espero, al menos, que no se licencie nunca.
Aunque sonría y use versos de verano a veces
te echo de menos, igual que se echan de menos
los febreros impares los años no bisiestos.
Pero respiro y la quietud tarda lo que dura
el océano en borrar mis huellas de la arena,
en llenar mi habitación con tus cosas,
o en recordarte a mi lado lidiando
mi desvelo con cigarros sobre la ventana.
Quisiera escribir un poema que hiciera justicia
a tu forma de mirarme, al color de tus ojos,
un poema perfecto.
Pero esta noche se ha vuelto anciana y parpadea,
y en ella soy sólo una sombra sin eco, sin palabras.
Salvador Reyes de Cózar
De su libro “Los calendarios anónimos”.
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