Este azul
que es un azul muerto
en el que a pesar de todo
se mueven
los peces.
Este azul
que es un azul muerto
en el que a pesar de todo
se mueven
los peces.
Ha caído la nieve hasta hacer de este día
algo remoto y quieto,
algo casi fingido que aún no hemos tocado.
Y la nieve no oprime; o quizás sí,
quizás está aferrada, como el muérdago,
a una tierra que muere.
El invierno es un río de ondas ciegas,
este invierno que arrastra y purifica,
esta desolación. Brama en tu cuerpo
como un turbio animal que me acaricia
y me destruye. Y tú,
mientras el blanco cielo
nos invade, miras
como a un turbio animal que te acaricia
y te destruye.
Este cielo de piedra, el blanco cieno,
estos pinos que aúllan en el monte
como antiguos jinetes,
esta nieve que cae sobre el rojo
perfil de las colinas,
alguna vez serán
emblemas del invierno,
de la estación umbría
memorias irreales,
recuerdos de los años que vivimos
sin creer en la vida.
Emilio Rosales
De su libro “Tierra adentro”
Con Mario en el hospital y las ideas bien claras, queríamos recurrir a la épica para construir y al absurdo para destruir. Una espiral de prisas en el que nos arrancaron el tiempo y la suplencia provocaron muchas cosas, así que aquí nos tienen. Aparecemos dos veces en el vídeo: la primera, para la Poépica, con La ciudad invisible. La segunda, en El hombre que contó sus barbas, para la vida de un hombre en dos minutos (de la que la mayoría de las veces me arrepiento muy profundamente).
Todo esto fue en casa de Max, que nos trató como a reyes, y también aparecen en este vídeo María Alcantarilla, Martha Ordaz y She Play Drums. Lo mejor, que gran parte de mis amigos estuvo allí.
Padre, píntame el mundo en mi cuerpo.
Canto indígena de Dakota del Sur
Hallado en “Espejos”, de Eduardo Galeano
He soportado
el letargo de la metáfora
hasta orígenes insospechados
como la abeja
que custodia la miel
a pesar del humo
y cosas por el estilo.
Pero quiero hablar claro:
al fin me he dado cuenta
de que la miel no es para mí
como tampoco lo es el humo.
Felipe Bollaín
Corretea por aquí.
Decidme cómo es un árbol.
Decidme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros.
Habladme del mar. Habladme
del olor ancho del campo.
De las estrellas. Del aire.
Recitadme un horizonte
sin cerradura y sin llaves
como la choza de un pobre.
Decidme cómo es el beso
de una mujer. Dadme el nombre
del amor: no lo recuerdo.
(¿Aún las noches se perfuman
de enamorados con tiemblos
de pasión bajo la luna?
¿O sólo queda esta fosa,
la luz de una cerradura
y la canción de mis losas?)
22 años. Ya olvido
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma… Escribo
a tientas: “El mar”, “El campo…
Digo “Bosque” y he perdido
la geometría del árbol.
Hablo por hablar de asuntos
que los años me borraron.
… … … … … … …
(No puedo seguir: escucho
los pasos del funcionario).
Marcos Ana
Eduardo Galeano
De “El libro de los abrazos”
Maldigo las agujas
del reloj, que no recuerden.
Maldigo la lluvia
que se derrama
por tus ojos de almendra.
Mi padre
Aunque sonría y use versos de verano a veces
te echo de menos, igual que se echan de menos
los febreros impares los años no bisiestos.
Pero respiro y la quietud tarda lo que dura
el océano en borrar mis huellas de la arena,
en llenar mi habitación con tus cosas,
o en recordarte a mi lado lidiando
mi desvelo con cigarros sobre la ventana.
Quisiera escribir un poema que hiciera justicia
a tu forma de mirarme, al color de tus ojos,
un poema perfecto.
Pero esta noche se ha vuelto anciana y parpadea,
y en ella soy sólo una sombra sin eco, sin palabras.
Salvador Reyes de Cózar
De su libro “Los calendarios anónimos”.
Quiero dormir el sueño de las manzanas
alejarme del tumulto de los cementerios.
Quiero dormir el sueño de aquel niño
que quería cortarse el corazón en alta mar.
No quiero que me repitan que los muertos no pierden la sangre;
que la boca podrida sigue pidiendo agua.
No quiero enterarme de los martirios que da la hierba,
ni de la luna con boca de serpiente
que trabaja antes del amanecer.
Quiero dormir un rato,
un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto;
que haya un establo de oro en mis labios;
que soy un pequeño amigo del viento Oeste;
que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.
Cúbreme por la aurora con un velo,
porque me arrojará puñados de hormigas,
y moja con agua dura mis zapatos
para que resbale la pinza de su alacrán.
Porque quiero dormir el sueño de las manzanas
para aprender un llanto que me limpie de tierra;
porque quiero vivir con aquel niño oscuro
que quería cortarse el corazón en alta mar.
Federico García Lorca
Gracias a Bea.
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