Gracias, Mario.
Gracias, Mario.
Quiero dormir el sueño de las manzanas
alejarme del tumulto de los cementerios.
Quiero dormir el sueño de aquel niño
que quería cortarse el corazón en alta mar.
No quiero que me repitan que los muertos no pierden la sangre;
que la boca podrida sigue pidiendo agua.
No quiero enterarme de los martirios que da la hierba,
ni de la luna con boca de serpiente
que trabaja antes del amanecer.
Quiero dormir un rato,
un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto;
que haya un establo de oro en mis labios;
que soy un pequeño amigo del viento Oeste;
que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.
Cúbreme por la aurora con un velo,
porque me arrojará puñados de hormigas,
y moja con agua dura mis zapatos
para que resbale la pinza de su alacrán.
Porque quiero dormir el sueño de las manzanas
para aprender un llanto que me limpie de tierra;
porque quiero vivir con aquel niño oscuro
que quería cortarse el corazón en alta mar.
Federico García Lorca
Gracias a Bea.

La que baila III

La puerta

Los guardianes

Los guardianes II
El sol dibuja pájaros gigantes
en el corazón de todos los niños.
Hay veces que quisiera ser como ellos,
que desearía volver a lo que fui.
Es por eso que alguna mañana respiro
imitando su aliento de parques,
pintando de niñez los ladrillos del alma,
sembrando el mundo de ojos nuevos.
Pero luego sigo siendo
–me doy cuenta–
el mismo vagabundo herido,
el mismo viajero ciego,
la lástima de un tiempo que se va,
una certeza que no se esconde:
porque ya no tenemos pájaros
sino cucarachas negras en el corazón.
O acaso
siempre
las tuvimos.
Iván Mariscal
De su libro “Itinerario de la luz”, que podéis leer aquí gracias a los amigos de MLRS y que saldrá en papel muy pronto.
Su mirada se ha cansado de tanto observar
esos barrotes ante sí, en desfile incesante,
que nada más podría entrar ya en ella.
Le parece que sólo hay miles de barrotes
y que detrás de ellos ningún mundo existe.
Mientras avanza dibujando una y otra vez
con sus pisadas círculos estrechos,
el movimiento de sus patas hábiles y suaves
va mostrando una rotunda danza,
en torno a un centro en el que sigue alerta
una imponente voluntad.
Sólo a veces, permite en silencio, la apertura
de los cortinajes que ocultaban sus pupilas;
y cruza una imagen hacia adentro,
se desliza a través de los tensos músculos
cae en su corazón, se desvanece y muere.
Rainer María Rilke
Érase una vez un pueblo de pescadores. Allí todo ocurría con una belleza y una alegría latentes: amanecía con un cierto color cobrizo, las muchachas traían agua del río cantando, las madres pasaban la pesca por la plancha mientras los niños soñaban con cofres y tesoros, la marea arropaba al atardecer los tobillos y las rodillas de los pescadores.
Toda esta alegría sólo se rompía cada vez que los hombres volvían con sus compañeros derrotados en los brazos, ciegos por la mueca horrorosa de la muerte, o no volvían ya jamás.
Por esto, un día decidieron levantar una estatua sobre la orilla. Era sencilla: apenas una mujer envuelta en un manto que miraba hacia el horizonte azul, algo de tristeza en sus ojos. No obstante, la levantaron justo sobre la orilla para que las olas la fueran bañando y desgastando y, al subir la marea, quedara totalmente sumergida. Alguien dijo una vez que era sólo un intento imposible de acompañar a los ahogados y desaparecidos. De vez en cuando se veía posarse sobre ella alguna gaviota.
Quique González – La luna debajo del brazo
Durante un concierto que dio el muchacho en Bilbao.
Mañana me cojo un tren para la ciudad de luz que es Cádiz, por cortesía del señor Chano, a escapar y ver a gente bonita, que tiene la geográfica costumbre de nacer y vivir en Cádiz. Estaré algo perdido, pero de vuelta en unos cuatro días o así.
Alvah – Silvia
Durante su directo en el pub Kahawa.
Atentos al solo final de David. Es un relámpago.
Una vez soñé que era un asesino. No era un sueño violento y ni siquiera recuerdo el golpe, el acto en sí de matar. Creo que eso era lo menos importante. Todo se reducía a tener a la víctima entre mis brazos; a retenerla, inmóvil y expectante, saber que era yo quien le quitaba el aliento. Era un abrazo extraño, insólito, como una colección de uñas. Casi podía verme en los ojos de la víctima y me veía tranquilo, muy tranquilo. No veía a ningún loco. Más que un asesino, parecía alguien que se hacía cargo de la situación, alguien responsable y que no quería dejarlo solo en ese momento. Le susurraba a la oreja. Le decía: “Tranquilo. Ahora es el golpe. Ahora duele, pero tranquilo. Ya se pasa. ¿Lo ves? Ahora todo se vuelve borroso, negro. Cae el telón”.
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