06
Oct
08

Los personajes (el arte de perfilar costillas en manchas de tinta)

Decía Carmen Camacho sobre los personajes que le gusta que se le mueran en los brazos. En este caso (y valga su metáfora), supongo que podríamos decir “en las manos” o “la punta del lápiz”.

Supongo que no es la única persona que ha defendido esto (señores, bienvenidos a la Posmodernidad), y que ha tenido la oportunidad de comprobarlo y aceptarlo a través de sus influencias y lecturas que, más o menos y por lo que conozco, comparto. Ahora bien, la reflexión es profunda: ¿qué le hace falta a los personajes para ser reales? Para hacerlos humanos y, por tanto, y aquí entra el tremendo desafío a Dios, hacer de la ficción la vida.

En el cine (comercial) norteamericano, está claro, los personajes son de otra pasta. Están hechos por encima del hombre y salen inmunes aunque les cueste de todos sus problemas. Son rápidos. Inteligentes. Emotivos pero duros. Terminators. Espero que conozca, amigo lector, esa caricatura donde los malos disparan al bueno y las balas lo esquivan para no estropear su belleza.

La literatura, desde luego, no es eso. Porque ése no es nuestro reflejo, sino basura que emana de esa cadena de montaje de “los sueños del hombre americano y el que no lo es, sea así, crea que es así mientras fabrica nuestro dinero”. Un personaje de verdad debería abrir preguntas. Deberíamos notar sus costillas si le palpamos el vientre, y saber que podrían romperse con un golpe, y que nuestro amigo (o enemigo) de ficción podría sufrir dolor. Un personaje de verdad debería sentirse desprotegido cuando está a solas, y a salvo en compañía. Debería respirar y saber que podría no hacerlo. Debería sentir la necesidad de vagar, escarbar en la tierra, ir a la caza del relámpago (qué grande eres, Italo Calvino) para descubrir por qué está aquí. Por qué lo ha escrito el escritor. Para qué. Y a estas dos preguntas no puede haber respuesta. Porque, simplemente, no las hay para nosotros.

Un personaje debe ser consciente de la muerte. Como los magos de Terry Pratchett, que buscan a la parca cuando se encuentran en peligro para saber si van a morir. Como los abandonados de Francisco Ayala, conscientes de un tiempo y, por tanto, una oportunidad. Como Dorian Gray, al que le duele una juventud pactada y no natural.  Tal vez esta sea la mayor motivación y la más real, porque incita a vivir como si fuera la solución. Tal vez sea la única.

 

Publicado en la revista Alenarte, sección “Contrapunto”, donde colaboro.

Podéis leerlo aquí.

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7 Responses to “Los personajes (el arte de perfilar costillas en manchas de tinta)”


  1. 6.10.08 en 11:02

    Un personaje de ficción, para parecerlo, deber tan miserable como el hombre real. Como nosotros mismos.

    Muy bueno el artículo.

  2. 6.10.08 en 17:13

    La perfección es también humana.

    Un artículo muy bueno.

    Un abrazo.

    Álvaro

  3. 3 dediego
    6.10.08 en 21:50

    La imperfección es perfecta. Es bella. Y la belleza es lo perfecto. Así que…

    Gracias a ambos.

  4. 6.10.08 en 23:47

    ¡Pedazo respuesta!

    jajajajajaja.

    Jaque mate.

  5. 7.10.08 en 0:13

    No hay personaje perfecto. Si lo fuera, no sería humano. Un humano nunca es perfecto.

    A mi parecer, y siempre desde la ignorancia literaria que me caracteriza, opino que muchos de los personajes con los que nos encontramos habitualmente carecen de las mismas dos cosas esenciales: alma (emociones, conciencia, pensamiento y forma de ser) y un acoplamiento real al mundo y las circunstancias de la vida (esto es, que se encuentre con problemas, soluciones y situaciones reales, como la vida misma, y nada de argumentos extravagantes y motivos literarios inverosímiles). En esto último quizá me acerque demasiado al Realismo, pero la verdad es que siempre he tenido curiosidad por leer una novela plenamente real, donde los personajes tengan problemas económicos, discutan con el jefe, suspiren por la vecina de enfrente o se vayan con los amigotes a tomar cañas al bar mientras ven cómo pierde su equipo (algo normal en caso de que sean béticos).

    Hasta aquí mi insulsa y absurda aportación. Saludos a los contertulios.

  6. 7.10.08 en 19:21

    Ni insulsa, ni absurda.

    Todo lo contrario.

  7. 7.10.08 en 22:58

    no aparecí.
    lo siento.


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Borja de Diego
(1988, Sevilla)

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