Archive for the 'Artículos' Category

17
Mar
09

Socialización

Son las 8:45 de la mañana. Me dirijo hacia la parada del autobús. Tengo que arreglar en Hacienda los papeles de una asociación cultural sin ánimo de lucro en la que participo, lo que de por sí debería ser socialmente interesante y bien visto. La chaqueta, la mochila, todo en orden.

Doblo la esquina y lo veo. El autobús que tengo que coger, a unos cuantos metros, junto a la parada. Echo a correr y empiezo a ir ganando los metros, viendo cómo los últimos pasajeros van subiendo. Antes de cerrar la puerta veo que mira hacia mí, me ha visto. Acelero aún más y veo que emprende la marcha. Llego a llamar a la puerta con los nudillos, veo que vuelve a mirar, pero no para. Me rindo y pienso “se fue” y vuelvo hacia la parada lentamente. Me giro y veo que se va parando. Aquí empieza el absurdo. Veo que vuelve a acelerar. Finalmente, se para. Echo a andar y veo que abre la puerta. Subo.

– Creía que no iba a parar.

El conductor ni me mira. Saco el bonobús.

– Muchas gracias.

– No te acostumbres.

Ahora me ha mirado. Respondo con una sonrisa simpática y un leve “sí” y pico. Da error. Eso ya lo sabía.

– A ver, dámelo.

Se lo doy. Empieza a hablar solo.

– Es la hostia, llega tarde y con un bonobús estropeado.

Aquí pienso: es la hostia. Tu empresa, hace ya cuatro o cinco años, decide quitar el bonobús sin transbordo, dando por hecho que a todos nos apetece comprar la posibilidad de coger varios autobuses en una hora, aunque no vayamos a hacerlo. Luego vuelve a ponerlo, sin dar explicaciones. Es la hostia que tu empresa haya subido sus precios dos veces en los últimos dos años, y que el bonobús mensual que he comprado por 30 euros (5.000 pesetas, la posibilidad de comer dos o tres veces hace diez años, y que en 2008 costaba 28 euros, y antes de eso 24, y lo habéis subido 1.000 pesetas porque habéis querido) se haya estropeado a los dos días.

Me devuelve el bonobús. Decido ser educado, darle las gracias y tirar hacia el fondo. Me agarro a una barra y una señora me indica que el conductor me llama.

-Joven, dice que coja el billete.

¿Qué billete? Si ha visto que tengo el bonobús. Como veo que me sigue llamando, acudo.

-Aféitate.

-¿Qué?

-Y córtate el pelo.

-¿Por qué?

Se ríe. Creo que se hace el simpático. Tal vez se sienta mal por la forma de la que me ha tratado antes. Aunque se le da muy mal. No me hace ni puta gracia.

-Tienes muy malas pintas.

-O no.

-Métete en la mili.

-¿A defender el país?

-Al ejército, al ejército. No, el país no. La patria.

-Hemos perdido tantos valores.

-Totalmente.

Todo esto mientras se ríe. Para en una parada. Sinceramente, no sé qué hacer. Cuando fui teleoperador de ya.com, me dieron lo que llamamos “el curso de marketing”, donde nos indicaban cómo teníamos que tratar con el cliente. A mí, si no trataba al cliente con un respeto máximo y casi divino, aunque mi empresa no parara de desangrarlo, me ponían en la calle en unos pocos segundos. Y este hombre parece que trata con un parquímetro.

-Voy a volver al fondo.

Y ahí lo dejo. Sin afeitarme, sin cortarme el pelo, sin entrar en el ejército. Sin entender de qué va eso de Sevilla, los servicios públicos, España ni la socialización.

Publicado en Sin futuro y sin un duro, puedes leerlo aquí.

05
Dic
08

Bolonia: qué mundo más extraño

Lo que son las cosas. Resulta que el 20 de Noviembre se reúne la Junta de Gobierno de la Universidad de Sevilla en el Rectorado para aprobar 19 grados. Esto, por supuesto, a pesar del movimiento anti-bolonia y el desconocimiento del Alumnado. El caso es que allá van unos cuantos estudiantes en contra que pretenden leer un manifiesto para que se los tenga en cuenta, y les cierran las puertas. En las narices. Y, por supuesto, con varios seguratas cerca. Los estudiantes deciden quedarse ahí y ven cómo esas enormes, pesadas y ante todo frágiles puertas del siglo XVII sólo se abren para dejar paso a señores enchaquetados, por lo que se ofrecen a escoltarlos para que no se pierdan y llegar así a la Junta de Gobierno. Ahora bien, los seguratas se oponen. Y, por supuesto, fuera del Rectorado empiezan a concentrarse los furgones de la policía y aparece, por aparecer, hasta la guardia montada.

Para el Rector de la Universidad de Sevilla, esto es impedir el acceso a varios miembros de la Junta de Gobierno. Un par de apuntes:

-Que el secretario del CADUS solicitó en dicha Junta el acceso de dos representantes para leer el manifiesto y se les negó. Porque sí.

-Que no hay ningún artículo que permita a la Universidad de Sevilla cerrar las puertas del Rectorado. Esto, por tanto, es ilegal. Y luego la policía se enfada si se canta que lo llaman democracia y no lo es.

Como consecuencia directa: se inician los encierros que pretenden un debate público donde se aclare esta reforma, tal y como se hizo en Madrid y Valencia. El mismo debate que se pidió en Claustro y que el Rector rechazó indicando que la reunión de unos cuantos representantes en una sala cerrada, grabada con una cámara y con dos turnos de palabra por representante (de 5 minutos el primero y de 2 minutos el siguiente) era el mejor momento para iniciar un debate.

Sigue el asunto: resulta que va a aprobarse el Grado de Geografía en Junta de Facultad, pero se han olvidado de notificar el asunto a los representantes del Alumnado (esto de que escribir el viernes para asistir el lunes es tontería si el fin de semana puedes olvidarte del correo convencional). Se presentan estos representantes a la Junta y se les impide participar. Montan una manifestación donde se puede ver su enfado (obvio) y se deciden por tirar a los asistentes bolas hechas con papel de periódico. Aún se desconoce el número total de las bajas, pero aparece el Rector, Joaquín Luque, indicando que es espantoso el número de heridos.

La conclusión del Rector es que los alumnos en contra de un Plan del que no se les avisó, nada se explicó, para nada se les preguntó y del que encima se niegan a informar (antes se pide ayuda al Gobierno que se monta un debate público, como ha ocurrido, repito, en Madrid) son todos unos violentos y es necesario tomar medidas legales. Será que la mejor forma de responder a las dudas de una institución tan crucial en la formación de nuestra sociedad es solicitar furgones de policía. Será que, teniendo en cuenta el asunto de las puertas, las juntas secretas, las injurias y el cierre repentino de gran parte de las salas y servicios del Rectorado, las medidas legales empiezan, por fin, ahora.

 

06
Oct
08

Los personajes (el arte de perfilar costillas en manchas de tinta)

Decía Carmen Camacho sobre los personajes que le gusta que se le mueran en los brazos. En este caso (y valga su metáfora), supongo que podríamos decir “en las manos” o “la punta del lápiz”.

Supongo que no es la única persona que ha defendido esto (señores, bienvenidos a la Posmodernidad), y que ha tenido la oportunidad de comprobarlo y aceptarlo a través de sus influencias y lecturas que, más o menos y por lo que conozco, comparto. Ahora bien, la reflexión es profunda: ¿qué le hace falta a los personajes para ser reales? Para hacerlos humanos y, por tanto, y aquí entra el tremendo desafío a Dios, hacer de la ficción la vida.

En el cine (comercial) norteamericano, está claro, los personajes son de otra pasta. Están hechos por encima del hombre y salen inmunes aunque les cueste de todos sus problemas. Son rápidos. Inteligentes. Emotivos pero duros. Terminators. Espero que conozca, amigo lector, esa caricatura donde los malos disparan al bueno y las balas lo esquivan para no estropear su belleza.

La literatura, desde luego, no es eso. Porque ése no es nuestro reflejo, sino basura que emana de esa cadena de montaje de “los sueños del hombre americano y el que no lo es, sea así, crea que es así mientras fabrica nuestro dinero”. Un personaje de verdad debería abrir preguntas. Deberíamos notar sus costillas si le palpamos el vientre, y saber que podrían romperse con un golpe, y que nuestro amigo (o enemigo) de ficción podría sufrir dolor. Un personaje de verdad debería sentirse desprotegido cuando está a solas, y a salvo en compañía. Debería respirar y saber que podría no hacerlo. Debería sentir la necesidad de vagar, escarbar en la tierra, ir a la caza del relámpago (qué grande eres, Italo Calvino) para descubrir por qué está aquí. Por qué lo ha escrito el escritor. Para qué. Y a estas dos preguntas no puede haber respuesta. Porque, simplemente, no las hay para nosotros.

Un personaje debe ser consciente de la muerte. Como los magos de Terry Pratchett, que buscan a la parca cuando se encuentran en peligro para saber si van a morir. Como los abandonados de Francisco Ayala, conscientes de un tiempo y, por tanto, una oportunidad. Como Dorian Gray, al que le duele una juventud pactada y no natural.  Tal vez esta sea la mayor motivación y la más real, porque incita a vivir como si fuera la solución. Tal vez sea la única.

 

Publicado en la revista Alenarte, sección “Contrapunto”, donde colaboro.

Podéis leerlo aquí.

02
Ago
08

Soy bibliófilo

Me confieso lector. Es difícil, porque hoy está mal visto. Ya saben, el ejemplo de Beckham y Britney Spears. Perdón, perdón, que estoy anticuado: el ejemplo de Cristiano Ronaldo, los del Canto del Loco y Amy Winehouse. Una vez, leyendo una entrevista a un jugador de fútbol, a la pregunta “¿cuántos libros has leído a lo largo de tu vida?” contestó “ninguno”. El cantante del Canto del Loco, en una visita a una clase de Educación Secundaria, les dijo que era tontería estudiar porque acabarían con un contrato basura o en el paro (Educación para la Ciudadanía, sí señor).
Iré más allá: me considero bibliófilo. Yo no sabía que el término existía hasta que mi profesor de Movimientos Artísticos Contemporáneos me regaló un libro con este título o similar. Toda una obra de arte para los amantes de esto que es la lectura, un homenaje a los que mimamos nuestra biblioteca particular, a los que vamos en caza de esos entrañables bosques encuadernados.
No obstante, entre la facultad, los trabajos y el movimiento cotidiano del mundo, también confieso que mis horas de lectura se han acortado mucho. He vuelto, como cuando niño, a leer antes de acostarme. Sigo el ejemplo de Stephen King, cuando le leí que lee en los atascos. Al fin y al cabo, este que les escribe presume de haberse ventilado “Cien años de soledad” en un tren Sevilla-Barcelona. Salas de espera, autobuses, los pasillos de la facultad. Las ciudades esconden una gran cantidad de rincones ocultos para la lectura. Baja del coche, corre, cruza la carretera. Abre la puerta, salta dentro, coge cita. Y ahora espera, abre un libro y lee. Cualquier cosa. Ahora la literatura no está tan expuesta como antes. La gente corre por la calle (el tiempo es oro, vida, el tiempo es oro) y no hay tiempo para eso. Hay que aprovechar las pequeñas pausas, diminutas, que nos brindan los errores de la sociedad Neoliberal. Si habláramos de fútbol, diríamos los minutos de la basura.
Por eso, parece que la literatura se ha vuelto un acto clandestino. Hay bibliotecas, pero se va a estudiar. Leer (y confieso que aquí peco, no sé qué me pasa con las bibliotecas) está mal visto. De hecho, tengo un amigo que a veces se viene a la biblioteca de la facultad a leer a Cortázar. O a Borges. O a Monterroso. O yo qué sé. Todo el mundo se desgasta los codos, y él se ríe, llora, sufre…vive en continua expectación, rodeado de montones y montones de gente ocupada. Cruelmente ocupada.
Hay que hablar de crisis. La vida se nos escapa. Como decía Allen Zimmerman, basta con cortarnos el pelo, o las uñas. Sudar es una costumbre fúnebre. Y encima, para ese ritual inmortal que nos trae la literatura, tenemos que escondernos.

Lo podéis leer aquí.





Borja de Diego
(1988, Sevilla)

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